Por: @KarlaAvilaComunica – CNP 15.326
De San Félix a los fogones de distintos lugares del mundo, Javier Alexander Ramos Vásquez ha construido su historia a fuerza de trabajo, aprendizaje y perseverancia. Hoy, a sus 36 años, compite por convertirse en el cocinero principal de Rompe Olas, pero su mayor desafío ha sido demostrar que los tropiezos y el qué dirán no tienen la última palabra.
Javier Alexander Ramos Vásquez nació en San Félix, en Guaiparo, y creció en la urbanización Francisco Avendaño, en Los Alacranes del municipio Caroní. Allí transcurrió una infancia que él recuerda como tranquila, aunque también marcada por ese espíritu rebelde e inquieto que todavía lo acompaña.
Hoy es padre de tres hijos, se define como un hombre carismático, responsable, trabajador y, sobre todo, servicial. Confiesa que es hiperactivo y difícilmente puede permanecer quieto. Necesita estar haciendo algo, aprendiendo, trabajando o buscando un nuevo reto. Dice que esa energía, dice, la agradece a Dios.
Su historia con la cocina comenzó hace más de una década y terminó convirtiéndose en mucho más que una profesión. Los fogones también fueron una puerta hacia otras culturas y lugares. Su trabajo como cocinero y marino le permitió navegar y compartir con personas de Filipinas, China, India, Polonia y Rusia, experiencias que ampliaron su mirada sobre la gastronomía y sobre la vida.
Recuerda especialmente una Navidad en la que, el 24 de diciembre, fue llamado para embarcarse porque un barco necesitaba con urgencia un cocinero, así fue como lejos de su casa, terminó compartiendo con una tripulación filipina, conociendo sus tradiciones y sabores.
Para Javier, viajar ha sido otra forma de aprender, él expresa que ningún cocinero puede darse por aprendido y que cada experiencia, cada plato y cada cultura pueden aportar algo nuevo.
La cocina también se hereda en casa
Aunque no identifica un plato específico como símbolo de sus raíces, sí tiene claro quién ocupa un lugar especial en su memoria gastronómica: su madre.
En su hogar, normalmente cocina su padre, por eso, cuando llega el momento en que su madre toma los fogones, la familia lo vive casi como un acontecimiento. Javier la compara, con humor y admiración, con el cometa Halley: algo que no ocurre todos los días, pero que cuando sucede todos quieren disfrutar. No hay chef que, a su juicio, pueda compararse con la cocina de su mamá.
Ese vínculo familiar también aparece cuando habla de su tiempo libre. No se considera deportista ni particularmente aficionado al ejercicio, Javier prefiere ver una película, una serie, un anime o una novela, pero sobre todo disfruta compartir con sus hijos y sus padres. Y, casi inevitablemente, esos encuentros terminan nuevamente alrededor de una cocina: una buena sopa, unos pinchos o cualquier preparación que permita sentarse juntos en una misma mesa.
Competir también fue enfrentarse a sí mismo
Actualmente, Javier forma parte del reality en el que varios cocineros compiten por convertirse en el responsable de la cocina de Rompe Olas, restaurante que tiene previsto abrir sus puertas en octubre en Ciudad Guayana.
Para él, la experiencia ha significado mucho más que una competencia gastronómica. Llegó pensando que otros participantes tenían ventaja por sus años de experiencia, cursos o títulos. En lo íntimo reconoce que esa comparación llegó a hacerlo dudar de sus propias capacidades, pero algo cambió cuando comenzó a confiar en lo que sabía hacer.
La competencia le permitió descubrir una seguridad que no había reconocido plenamente en sí mismo: la capacidad de decirse que podía hacerlo y demostrarlo. Y cuando ganó una de las pruebas, esa percepción dejó de ser una posibilidad para convertirse en una certeza.

También encontró compañeros detrás de los contrincantes, ya que durante la competencia son adversarios; cuando las cámaras se apagan, asegura, son personas con las que pudo compartir, integrarse y construir una experiencia positiva.
Confiesa además que si tiene la oportunidad de asumir la jefatura de cocina de Rompe Olas, no llegará con la idea de saberlo todo, por el contrario, entiende que todavía tiene mucho por aprender.
Su sello personal, más que una receta, sería la motivación, hacer las cosas con amor, mantener el entusiasmo y conservar desde el primer día la misma disposición para trabajar y crecer.
Contra el qué dirán
Quizás una de las partes más humanas de la historia de Javier está lejos de los fogones, ya que es consciente de que quienes lo conocen desde niño tienen una imagen construida sobre su personalidad inquieta, bromista y poco amiga de seguir al resto. Él mismo se reconoce como alguien que prefiere ser diferente, como «la oveja negra» del rebaño y sabe que eso también ha generado comentarios, pero decidió no vivir condicionado por los demás.
En esta entrevista Javier nos habla de puertas cerradas, muros, barreras, tropiezos y momentos difíciles, también reconoce que su formación académica no siguió el camino que hubiese querido, sin embargo, encontró en el trabajo una herramienta para avanzar, sostener a su familia y demostrar que las circunstancias de una persona no tienen por qué convertirse en una sentencia, comenta: “Por muchas cosas que yo he pasado, sigo de pie”, es la esencia de su mensaje.
Su objetivo no parece ser convencer a quienes alguna vez dudaron de él, sino demostrarse a sí mismo hasta dónde puede llegar.
El precio de perseguir una profesión
Trabajar en cocinas, especialmente a bordo de barcos, también le ha cobrado una factura personal: el tiempo.
Javier reconoce que la profesión puede alejarlo de personas importantes y hacer que algunos vínculos se enfríen con la distancia. De esas experiencias aprendió otra lección: no todas las personas que están cerca necesariamente están de tu lado. Por eso considera fundamental revisar, comprobar y asumir la responsabilidad de cada detalle cuando se está al frente de una cocina.
Una filosofía que parece trasladar también a su propia vida: estar atento, aprender y no dejar todo en manos de los demás.
Un sueño servido sobre ruedas
Aunque actualmente aspira a crecer dentro de una propuesta gastronómica como Rompe Olas, Javier conserva un sueño particular: tener su propio tráiler de comida rápida, a él le encantan las hamburguesas, los perros calientes, los pepitos, los enrollados, la ensalada César y las parrillas, comidas que forman parte de esa idea.
Dice que no le preocupa que alguien pueda considerar pequeño ese sueño, ya que para él, el tamaño de una meta no determina su valor.
Su capacidad de adaptarse a los lugares y circunstancias es, precisamente, una de las virtudes que más reconoce en sí mismo y quizá por eso, cuando intenta resumir su vida en un plato, no escoge una receta, él elige las especias.
Dulce, amargo, salado, aromas intensos y sabores diferentes, porque, como en la cocina, entiende que la vida necesita equilibrio. Dice: «hay momentos para endulzar, otros que dejan amargura y otros que aportan fuerza y carácter».
Así se ve a Javier Ramos a sí mismo: como una mezcla de ingredientes distintos que, juntos, construyen una identidad propia.
Así que desde San Félix, con sus raíces familiares, más de una década entre fogones, experiencias sobre barcos y el deseo permanente de aprender, Javier continúa cocinando su propia historia y en tiempos en los que tantas veces se mira primero el título, el pasado o el comentario ajeno, su recorrido recuerda algo sencillo: el talento también puede crecer entre tropiezos, trabajo y perseverancia.
Es por eso que apoyar historias como la de Javier es también apostar por el talento regional que nace en el estado Bolívar y que merece espacios para mostrar todo lo que puede hacer cuando encuentra una oportunidad, porque detrás de cada plato hay una historia y la de Javier Ramos todavía se está cocinando.
