Los 3 TerremotosVisitas: 2

Por: Jhoncarlos Vasquez

​Hay días en que la vida cambia en un abrir y cerrar de ojos, días en que la realidad golpea con tanta fuerza que desarma por completo a una nación. El miércoles 24 de junio de 2026 fue, sin duda, uno de esos días para Venezuela.

Como tantos connacionales alrededor del mundo, mi jornada comenzó como la de tantos otros, revisando la prensa internacional temprano por la mañana para monitorear el destino del país. No imaginaba que, en menos de doce horas, Venezuela sufriría tres sacudidas brutales: una silenciosa que llegó en los titulares de Londres y otras dos que hicieron temblar el suelo por la tarde.

​Cuando la tierra ruge y los edificios caen, el miedo se siente en el pecho. Pero cuando la economía se desploma a esos niveles, lo que se fractura es el futuro de los que vienen detrás y nada tienen que ver con la causa de una situacion de tal magnitud.

​El primer golpe: Una deuda que pesa en la mesa de cada hogar
​Esa primera sacudida de la mañana no empezó con un temblor físico, sino con una noticia que dejó un vacío en el estómago. Una filtración exclusiva del diario británico Financial Times reveló lo que por años se mantuvo oculto: la deuda externa real de Venezuela asciende a la astronómica cifra de 240.000 millones de dólares.

​Para la mayoría, hablar de miles de millones de dólares suena a números abstractos que solo entienden los banqueros. Pero pasados a limpio, esos números significan que cada bebé que nazca hoy en un hospital venezolano ya nace debiendo una fortuna que no le corresponde. Significa que el país debe más del doble de todo lo que es capaz de producir en un año. Ese primer sismo, el financiero, no tumbó paredes, pero hipotecó las escuelas, los hospitales y los salarios de las próximas tres generaciones de venezolanos.

​El rugido de la tarde: Cuando el mundo se vino abajo
​Mientras se intentaba digerir el peso de una quiebra histórica, la naturaleza recordó la fragilidad de todo lo construido. A las 5:16 de la tarde, la tierra se movió. Dos terremotos consecutivos de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudieron el territorio con apenas segundos de diferencia.

​Fue en ese instante cuando el peligro se volvió real, visible y doloroso. En las calles de La Guaira y de tantas otras ciudades, los venezolanos sintieron textualmente que el mundo se les venía abajo. Ver caer paredes, observar cómo se agrietaban las avenidas que se caminan todos los días y escuchar el crujido de las estructuras sembró un pánico colectivo.

El desespero por la falta de señal telefónica, la incertidumbre de saber si los hogares resistirían y el luto por las víctimas convirtieron la crisis económica en una emergencia humanitaria inmediata. Si la mañana había dejado al país sin saldo en la cuenta, la tarde lo dejó vulnerable en la calle.

​El verdadero epicentro de todo lo dicho anteriormente lo podrenos palpar en las grietas del mañana. Los terremotos de la tarde dejaron escombros que se pueden ver y remover con las propias manos. Con solidaridad, cemento y voluntad, las casas caídas se van a levantar y las autopistas se van a reparar. Al país le va a costar sudor y lágrimas, pero el venezolano tiene una fuerza inquebrantable para superar las catástrofes visibles.

​El verdadero peligro, está en las grietas invisibles que dejó el sismo de la mañana. Una deuda de 240.000 millones de dólares es una sombra gigantesca que amenaza con perseguir a los hijos y nietos de esta tierra. Si el gobierno interino y los encargados de negociar con los acreedores extranjeros no logran un acuerdo humano y justo, el futuro de los jóvenes estará congelado. Significa que los recursos que deberían ir para recuperar las universidades, modernizar los servicios públicos y crear empleos dignos, se irán durante décadas a pagar los errores y la opacidad del pasado.

​El 24 de junio de 2026 dejó una lección histórica: la tierra puede temblar con una fuerza implacable, pero los golpes de la economía pueden ser igual de devastadores para el alma de una nación.
​Hoy la prioridad absoluta es atender la emergencia, abrazar a los que perdieron algo y asegurar que nadie pase frío ni hambre tras los sismos de aquel día; Pero mañana, cuando el polvo se asiente y toque reconstruir, el desafío será doble.
No solo habrá que levantar los ladrillos que la naturaleza derribó; el liderazgo del país tendrá que sanar las finanzas enteras para asegurarse de que la carga de hoy no termine por aplastar los sueños de las generaciones del mañana.

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