Tejido de letras

EDUARDO JOSÉ ESPINOZA ZAPATA
Tucupita, 1957.

Desde el 2021, la situación país, lo expulsa al Cono Sur y se radica en Santiago de Chile, donde coordinó un programa de acción social para el desarrollo de las comunidades del Banco Central de Chile con duración de año y medio. Su condición de migrante ilegal no le permitió seguir el programa.

Espinoza Zapata, es activo en las redes sociales (Instagram y Facebook), donde comparte algunas reflexiones y ejercicios narrativos. Escribe sobre el medio ambiente del caño Tucupita, su piscina grande donde compartía su tiempo libre con otros adolescentes, desde allí empezó a forjar una resistencia ontológica que le ha impedido caer en la desesperación, parafraseando a su filosofo preferido Baruch Spinoza en su máxima “La actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre”.

De Santiago de Chile viaja a Norteamérica y se radica en el estado de Utah.  Entre la nieve y el frío empieza a consolidar su proceso creativo y de lectura y revisión disciplinada.

Influenciado por la narrativa Kafkiana y su desarrollo psiconarrativo va desarrollando la creación cuentista con una estética profunda en sus personajes que incursionan en el más allá de la vida, pero también en el más acá de la vivencia del día a día, donde lamenta la perdida de la vitalidad cultural venezolana que se puede comparar con el regreso al siglo XVIII del oscurantismo.

La Narrativa de Espinoza Zapata, es introspectiva, filosófica y a veces marcada por temas tabú como la muerte, el suicidio, la soledad y la resistencia existencial con tramas sinceras y crudas, salidas de su estado onírico.

Ha escrito al menos como sesenta cuentos cortos y otros, no muy cortos, que aún se mantienen inéditos, igual que su poesía. Los cuentos de Los Tres Anicetos, Mi vida como pez, el Olvido y el Ahorcado de caño Tucupita, los ubica como su fuente, ya que allí explora hechos oníricos y de su pasada niñez en el Barrio Libertad, donde vivió la infanto juvenil andanza entre el río y las haciendas cacaoteras y cafetaleras. Aún, recuerda sus pantalones cortos amarrados en la cintura y los bolsillos cargados de mangos, caimitos y jobos.

En algunas narrativas explora el thanatos y lo social como equilibrio precario, pero lo hace desde las reflexiones oníricas. Algunas han aparecido en las redes sociales. Como Sociólogo y Psicólogo Social, incorpora en su narrativa elementos de ficción que intercala en la realidad del Delta del Orinoco, como estética y como crítica social.

A continuación, una muestra creativa de este Deltano:

ÉRASE UNA VEZ EN  OTOÑO (Cuento)

En el otoño de un año que ya no recuerdo, un milenario aborigen se sentaba en las mañanas en una esquina del Condado de Saratoga Springs. Era un poeta de rostro latino y lengua suramericana, quienes lo conocían lo llamaban Jokoji. Llegaba con un mapire en el hombro, adentro traía una libreta y lápices de crayones —o de cera—. Escribía poemas cortos, que recitaba en voz alta y luego colocaba en las manos de los transeúntes. A cambio recibía algunas monedas de dólar.
Su lápiz danzaba sobre el papel con una delicadeza precisa y un lenguaje poético de estructura musical, lleno de metáforas vivas que transmitían emociones, analogías que llevaban al hombre del Norte a vivir junto con él la ficción como realidad en las imágenes y figuras descritas.
Con solo mirar los rostros y el ánimo de quienes recibían sus poemas escritos bajo la trama del amor, paz, libertad y de épica para la vida y la muerte; observaba como brotaban las emociones fugaces de aquellos seres, que eran educados para la producción material. Era como si el poeta estuviera leyendo el alma de esos hombres.
El hombre, no era solo un escritor suramericano, era un poeta del mundo nacido en las riberas de un río grande que recorría la selva deltaica. Era un soñador que tuvo la dicha o la desventura de salir de una geografía marginal, pero al mismo tiempo mágica de un país impulsado a la ruina. Salió buscando un lugar en el mundo donde su realismo y cosmovisión holística fueran aceptada sin menosprecio.

Esa mañana el sol se sobreponía entre las nubes, el poeta se aposentó temprano en la esquina de la avenida Redwood, separó las tres primeras hojas de la libreta, con los dedos manchados de carboncillo agarró el lápiz y habían pasado treinta minutos y nadie se acercaba a escuchar la lectura de su primer poema del día, era un trabajo corto de una sola estrofa que empezaba así: “No son palabras lo que escribo, sino brazos para abrazarte”. Permanecía sentado en la acera con las piernas entrelazadas. Se disponía a leer, y entre los transeúntes que caminaban apurados a sus lugares de trabajo o, a sus compras diarias, vio venir una sombra. Dudó en levantar la voz, y leer más fuerte con acento claro. Quiso el azar —que tanto se confunde con el destino— que se encontraran dos herederos de grandes y gloriosos tiempos ancestrales, ya que todo lo presente está causado por el pasado y lo integra.
Un pie hermoso, pequeño**,** blanco como el algodón cubierto por una sandalia de cuero, se detiene frente a él, casi pisando su mapire construido de tallos de hojas de bora seca, lo único material que le quedaba de su cultura natal.
Una mujer, de belleza singular, con cabello dorado y ojos amables y luminosos, se quedó observándolo. Era griega, visitaba Salt Lake City, UTAH, E.E.U.U. en busca de la belleza original de la naturaleza y, quizás, algo más profundo, algo verdadero que llenara su vida, no con monedas, ni cosas materiales, ya que era una mujer realizada en asuntos de dinero.
Mientras lo escuchaba leer, el tiempo parecía detenerse, la sencillez natural de aquel hombre de piel opaca y seca le hablaba a su alma, sin la necesidad de un lenguaje directo. La mujer se sentó a su lado y se sentía retratada en la estrofa de aquel poema, que él seguía recitando: “Pero voy diciendo que te siento aun más en estos tiempos rendidos de otoño”. Jokoji apartó los ojos del papel, sus miradas se cruzaron y algo inexplicable pasó entre ellos.
Una sonrisa tímida, se transformó en risas largas que dieron origen a una conversación que se fue extendiendo más allá del día y vino la noche, la conexión parecía más antigua que ellos mismos. Era sorprendente ver que compartían una misma espiritualidad común, mestiza y folclórica, hereje y sui géneris, alegre y esperanzadora.
Cada poema escrito en la libreta, era un pedazo de ella. Aunque no se conocían. El amor surgió de ese improbable encuentro como una danza no danzada, y hablaron de sus nombres. Jokoji, era el sol en su cultura warauna. Selini, era la luna en la mitología griega. Caminaron a cielo abierto tomados de la mano al Parque Nacional Capitol Reef. Sentados en la grama rodeados de árboles, pájaros nocturnos y aroma de flores, aquellas dos almas de mundos distintos unidos por, no se sabe qué, pero era más fuerte que las circunstancias de haberse encontrado en esa esquina de la Redwood. Pero, la vida como siempre, tiene su propio plan.

Era el último día de Selini en los EEUU. Debía regresar a Macedonia Oriental a Tracia de donde era originaria, el corazón se le partía al pensar en dejarlo atrás. Le rogaba que la acompañara. Hablaba de comprarle un boleto de avión en primera clase (Business Class), pero Jokoji sonreía con ternura, mientras le decía: “Iré a tu alma, porque también es la mía, pero a mi manera. Solo espérame”.
No era una promesa, era el comienzo de una travesía marítima que podía extenderse meses. Las pocas monedas recibidas a cambio de los poemas, solo le alcanzaban para comer, no tenía patrocinador, ni guía, pero, en el fondo de su mapire llevaba el pedazo de papel con la dirección de ella, eso era una esperanza. Dormía a la intemperie en los barcos, a cambio de cargar pesadas maletas lo dejaban subir, aceptaba las sobras de comidas desconocidas, por las noches escribía metáforas que los viajeros no entendían, y al amanecer las arrojaba por la borda. En la cuesta de las olas parecían mensaje de náufrago en una botella.
Después de medio año en el mar, sucio, raquítico, peludo, descalzo, exhausto, pero con el corazón vivo, finalmente llegó al puerto de Tesalónica de Macedonia. Bajó, buscó el pedazo de papel y el agua salada había borrado las letras de Selini y los miles de kilómetros recorridos se desvanecieron.
Pero Jokoji estaba feliz por haber cruzado el mundo y descubrió que ninguna distancia es grande si hay confianza y amor. Y se sentó esta vez en el puerto a escribir su historia.
Colaboración de Ismari Marcano Dicurú

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