¿Has pensado, juez, en tu retiro?Visitas: 2

¿Acaso fuiste arrogante y por tanto indigno/a y tu desempeño teñido de pecado?

Dr. Crisanto Gregorio León

«¿Hasta cuándo juzgaréis injustamente, y aceptaréis las personas de los impíos? Defended al pobre y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso».
Salmo 82:2-3Este artículo no va dirigido al juez probo, recto y ético que estudia con rigor y conoce con pulcritud su materia. Esta severa radiografía se dedica exclusivamente a los administradores de justicia que encarnan la antítesis de la decencia jurídica. El tiempo es un fiscal implacable que no acepta sobornos. Al cruzar el umbral del retiro u obligada destitución, aquellos hombres y mujeres que un día usurparon el estrado se enfrentan al veredicto de su memoria. La proyección continua de sus antiguas sentencias desvela una cruda realidad de desprecio legal. Quienes utilizaron la función judicial no para agradar a Dios, sino para rendir un culto ciego e inmoral a Satanás, descubren la podredumbre de su legado en la absoluta soledad del cese de funciones. La película de sus decisiones expone una sistemática mutilación del debido proceso, un desfile macabro de resoluciones amañadas con el único propósito de infligir daño social y consolidar un enriquecimiento ilícito fundado en la extorsión de la verdad. El juez corrupto, despojado de sus prerrogativas, queda desnudo ante una verdad ineludible: sus decretos mundanos fueron la firma de su propia condena.

Este descalabro ético halla su raíz directa en la patología del poder absoluto y el entorno cortesano que lo alimenta. Durante su nefasto ejercicio, estos funcionarios se entregaron voluntariamente a la perversión conductual del síndrome de hubris, una intoxicación cognitiva que los sepultó en la soberbia y en una constante jactancia de divinidad apócrifa. El engreimiento superlativo y la prepotencia burocrática les hicieron creer que habitaban en un juego de tronos judicial, donde la silla de juez era un trono imperial, el mazo se blandía como un cetro absolutista y las audiencias mutaban en un grotesco desfile de vanidades patrocinado por secretarios serviles y ayudantes cómplices. Henchidos de jactancia, prepotencia, arrogancia y un narcisismo patológico, se sentían intocables. Hoy, al cesar el estruendo de los aplausos tarifados, la realidad los despierta de ese letargo de altanería y los confronta con su pequeñez existencial. Aquel individuo que se sentía endiosado en el estrado ahora es un paria institucional que contempla con terror cómo su soberbia desmedida lo volvió indigno ante la mirada inclemente de la sociedad entera.

A esta desgracia moral se suman aquellos que fueron nombrados a dedo, carentes de méritos, virtudes académicas o conocimientos jurídicos elementales. Su designación, que al principio representó una burla descarada al sistema y una flagrante novatada, devino en una tragedia procesal permanente. Ante su supina ignorancia de la ciencia del derecho, estos ineptos enredaban, enrevesaban, desordenaban y contravenían las normas procesales básicas, transformando los expedientes en una verdadera estopa, un caos indescifrable y un nudo ciego de nulidades absolutas. Todo este desbarajuste técnico no era accidental; constituía una estrategia deliberada y perversa para dilatar las causas y confundir a los litigantes con la única y mezquina finalidad de obtener dinero ilícito, fondos sucios y capitales negros manchados de pecado. Su paso por los tribunales no dejó jurisprudencia ni doctrina, sino un rastro hediondo de extorsión económica institucionalizada, donde la ley fue pisoteada sistemáticamente para alimentar sus viles ambiciones de un rápido enriquecimiento material.

El destino post-judicial separa a estos transgresores en dos senderos idénticos en su miseria humana. El primer grupo camina hacia un confinamiento doméstico forzado por la edad o por la fulminante destitución que cortó sus carreras delictivas. Allí, la vejez se transforma en una dolorosa e interminable antesala de la retribución divina. Aquellos demonios que antes rodeaban de manera invisible su cetro como juez, alimentando su ilusión de que la mesa del juzgado era un trono eterno, ahora se quitan la máscara para acecharlos, pellizcarlos, jalarlos y mortificarlos con pavorosas pesadillas nocturnas. Esto infunde un pánico absoluto y un terror pavoroso a estos falsos juzgadores que en su cargo se comportaron como verdaderos malandros con toga, delincuentes y criminales de uniforme judicial. Se purgarán en sus propias camas ante el pánico de ver a Satanás recibiéndolos en el infierno como justa recompensa por su desempeño deshonroso. Al final, en la entrada de la puerta del infierno dice esto que advierte Dante Alighieri en La divina comedia: «Por mí se va a la ciudad del llanto, por mí se va al eterno dolor». Es la puerta de los hombres desgraciados que se descubren indignos ante los ojos de Dios.

El segundo grupo de exjueces intenta un retorno desesperado a las filas de la práctica profesional privada tras ser expulsados del paraíso estatal. Sin embargo, en el libre ejercicio de la abogacía, descubren que el gremio y la ciudadanía los repudian activamente, convirtiéndolos en un hediondo zorrillo al cual todo el mundo le saca el cuerpo con evidente asco. Son vistos como una pestilencia moral que contamina los espacios comunes jurídicos. Nadie desea asociarse ni estrechar la mano de quienes operaron como verdugos despiadados, cercenando derechos fundamentales, cortando cabezas procesales por encargo y ejerciendo un despotismo vulgar. Su firma carece de prestigio y su sola presencia infecta los pasillos tribunalicios que antes dominaban con altivez. La comunidad jurídica les cobra con desprecio unánime cada humillación infligida y cada derecho pisoteado durante sus años de infamia en el cargo público. La caída desde el Olimpo de la soberbia judicial es vertical, dolorosa y definitiva; la infamia moral se paga con el más absoluto y eterno repudio de la historia.»No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al poderoso; con justicia juzgarás a tu prójimo».
Levítico 19:15Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario / Broadcaster
Contacto: crisantogleon@gmail.com

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