«Escuchando a través de la puerta del tribunal»Visitas: 10

Dr. Crisanto Gregorio León 

La provocación calculada

«—Escucha bien, demoníaca cómplice del aquelarre —susurra la jueza Bob a la fiscal Adams, mientras Satanás el dueño de sus almas toma sus hombros,  se complace y sella el pacto—. Tu encomienda es perversa: escúpele tu bilis a la defensa técnica y demuestra tu mala educación, demuestra que vienes de las zonas más marginales y de los barrios más pervertidos. Lanza los insultos más ruines que tu putrefacción te permita, total, tu aparente inmunidad de fiscal te blinda. Provoca a la defensa técnica hasta que la bilis le ciegue y reaccione; necesitamos esa agresión reactiva, ese desliz que ensucie o manche su integridad. Al final, todos en la sala nos dan la razón por aclamación, porque tú eres la mano que acusa y yo soy el mazo que sentencia. Nadie sospecha jamás que detrás de esta farsa de justicia, tú y yo somos el ariete de un Grupo Estructurado de Delincuencia Organizada (GEDO)».

La baraja marcada

«—Hagámosle injustamente añicos desde el estrado, jueza Bob —susurra la fiscal Adams con una sonrisa narcisista y misándrica, mientras ambas sellan una sinergia de perfecta complicidad criminal—. Pongamos en duda su profesionalismo a cada paso y hagámosle ver que su cliente tiene un sombrío pronóstico de condena ineludible, a pesar de saber perfectamente que es un inocente envuelto en nuestra red. Dejemos a la vista cráteres lunares de pruebas a favor del acusado, evidencias gigantescas que por derecho gritan su libertad, pero hagámoslas pasar cínicamente por pequeñeces insignificantes sin ningún valor jurídico, reduciéndolas a simples motas de polvo en el expediente. Así, apliquemos implacablemente la falacia del desvío para bloquear cualquier salida hasta tanto la defensa técnica y su cliente no cedan a la extorsión entregándonos miles de dólares o de euros; solo entonces, mágicamente, esas menudencias recuperarán todo su valor liberatorio. Para asegurar el botín, enviemos discretamente a nuestros subordinados a mostrarse amables y comprensivos con la defensa técnica, tendiendo la celada perfecta para que caigan rendidos y nos propongan el ansiado soborno».

La corrosión moral

«—Y para blindar el sainete, los falsos informes de nuestros médicos forenses —otro par de criminales con bata blanca— encajan como anillo al dedo —añade la jueza Bob con una fría mueca, mientras repasa los adefesios periciales plagados de contrariedades, saltos metodológicos, acientificidad, aberraciones jurídicas, ausencia de testigo métrico y nula fijación fotográfica—. Sin una sola brizna de dignidad y sin percatarse del daño irreparable que infligen a sus propias almas, comprometiéndolas ciegamente al fuego eterno, acatan con auténtico gusto y complacencia genuflexa cada una de nuestras exigencias de perjurio en un dinámico y asiduo círculo vicioso, more solito: en abierta burla a Dios, juran solemnemente ante la Biblia que la firma y el dictamen sí son suyos cuando les conviene para aplastar al inocente, pero si el libreto cambia o la coima no es entregada, revocan descaradamente su propio juramento y vuelven a jurar sobre el mismo libro sagrado que jamás los suscribieron cuantas veces sea necesario. Al final, esta caterva de peritos opera como un conjunto de mercenarios, títeres y marionetas de nuestro tribunal y de la fiscalía, formando parte activa de un GEDO que ya tiene asegurada su sanción divina y su más implacable condena infernal, pero que aquí facturan cada mentira a costa de la libertad ajena».

El engranaje del círculo vicioso: Extorsión, Cohecho y la Galería de Rostros

«—Si el semblante que enviamos de avanzada no le inspira la confianza necesaria a la defensa técnica, jamás se atreverán a dar el paso adelante —expresa la jueza Bob con un rictus glacial, cruzando los brazos sobre el estrado—. Yo misma lo he dicho públicamente sin pudor alguno: no acepto tratos ni sobornos de cualquiera; si el rostro del emisario no les transmite esa tibia seguridad, el pacto se desploma. Por eso, desfilemos ante ellos a toda nuestra cofradía de funcionarios, rotemos los rostros en los pasillos y pasemos por su ventanilla a otros empleados del tribunal hasta encontrar la careta exacta, esa sonrisa fingida que les inspire la suficiente confianza para que se atrevan a proponernos la coima.

A fin de cuentas, la extorsión y el soborno son exactamente las dos caras de la misma moneda maldita: mientras nosotros los asfixiamos con la coacción desde el estrado, la defensa técnica buscará desesperadamente una válvula de escape ofreciendo el soborno. Por eso dejamos abiertas tantas rendijas y portillos en el expediente, y por eso las actitudes calculadas de nuestros personajes durante el juicio buscan un único propósito: que una sonrisa a tiempo y una falsa complicidad empujen a la defensa técnica a comprarnos la salida con dinero negro.

Aquí aplicamos sin asco nuestra doctrina favorita: si nos conviene económicamente, aceptamos milagrosamente la duda razonable para fingir que beneficiamos al acusado; pero si no nos conviene o el bolsillo está seco, aplicamos implacablemente la falacia del desvío para bloquear cualquier salida. Al final, la regla de oro de nuestro tribunal es de una corrupción absoluta y perversa: si es culpable y no paga, no sale en libertad; pero si es totalmente inocente y tampoco paga, de todos modos no sale en libertad.

Este engranaje opera como un auténtico círculo del infierno de Dante Alighieri: si muerden el anzuelo, la defensa técnica termina trabajando de facto para nosotros —para el juez, para la fiscalía y para los funcionarios del tribunal—, exprimiéndose para entregarnos sus honorarios y el botín de la extorsión. Pero lo verdaderamente perverso y cínico ocurre cuando la defensa técnica trabaja pro bono, a dolent, porque el acusado no tiene un solo centavo en los bolsillos; entonces, al comprobar que la fuente de dólares y euros está seca y que ya no hay honorarios que saquear ni coimas que repartir, nuestro aparato judicial (GEDO) pierde todo interés, les cierra de golpe todas las puertas y ejecuta sin piedad la condena anticipada contra el inocente».

El feudo de la complicidad y el encuentro de psicópatas

«—No es casualidad que operemos con esta precisión quirúrgica —le murmura la jueza Bob a la fiscal Adams, mientras afianzan su alianza en los oscuros dominios del tribunal—. Ambas venimos de arrastrar los mismos vicios desde aquella vieja fiscalía que manejábamos como un feudo personal, un cortijo privado donde la ley era lo que dictaba nuestro capricho. Si mi nombre ha terminado resonando y escalando por los pasillos judiciales, no ha sido por mérito jurídico alguno, sino por la estela de mi carácter corrupto, corrosivo, profundamente narcisista y de raigambre psicopática. Y qué fortuna macabra la mía —añade con una sonrisa torcida—: en este pantano vine a cruzarme con otra alma gemela, otra psicópata y narcisista de manual revestida de fiscal que hoy detenta esa misma fiscalía, dispuesta a ejecutar sin piedad cualquier infamia. Entre tú, Adams, que sigues mandando en tu vieja trinchera, y yo, formamos la pinza perfecta del horror y terror institucional».

El tarifario de la impunidad

«—Que no se nos olvide cuál es el verdadero motor de nuestra chequera, Adams —susurra la jueza Bob con una fría y cínica suficiencia, mientras repasa los expedientes que guarda bajo llave—. Aquí la justicia tiene un tarifario exacto, un arancel tan rentable que nos ha permitido amasar fortunas a la vista de todos. ¿O acaso ya olvidamos cómo operamos? Bien sabe la fiscal Adams que no se mueve un dedo gratis: como aquella vez en que recibió tres mil dólares limpios para dejar en total libertad a esos jóvenes que sometieron a una chica a una felatio forzada, destruyendo las actuaciones policiales sin importarle la víctima. Y lo mismo hago yo en mi estrado: cobro entre dos mil y cinco mil dólares al contado —sea para sacar de apuros a un culpable con solvencia o para liberar de la peor pesadilla a un inocente al que previamente secuestramos judicialmente—».

El vértigo del abismo

Pero a pesar de las ganancias y del poder temporal, un sudor frío nos recorre la espalda y sentimos esa parálisis de quien al borde de un precipicio mira hacia el vacío: saber que los investigadores, los periodistas independientes y los abogados incorruptibles ya tienen documentado cada uno de nuestros movimientos, armando el expediente definitivo y esperando únicamente el momento oportuno para vaciar toda esta información ante los tribunales penales que muy pronto las van a juzgar. Conocemos muy bien ese murmullo incesante que nos acecha y sabemos que no duraremos mucho en estos cargos: las destituciones y remociones están a la vuelta de la esquina, seguidas de los juicios donde se ordenará la prohibición absoluta de salida del país. Saben perfectamente quiénes son nuestros testaferros, en qué notarías están ocultas las firmas de nuestros bienes, qué cuentas albergan el botín y en qué lujosos inmuebles e inversiones hemos lavado cada centavo de esta dinámica consuetudinaria de extorsión institucional. Que también tiemblen nuestros cómplices al leer esto, porque la red de vigilancia es implacable y el inventario de nuestras fechorías ya tiene nombres, cifras y coordenadas exactas, listas para propiciar su caída final.

JJ: Los peones del engranaje y el reparto desigual del botín

Bajo la sombra de nuestro estrado operan nuestros fieles testaferros y cómplices cotidianos, conocidos en la intimidad del chanchullo como JJ —por un lado J_a y por el otro J_b, dos funcionarios subordinados al tribunal e inmiscuidos hasta el cuello en toda la corrupción, las trampas y las ganancias que amasan la jueza Bob y la fiscal Adams—. Aunque ellas los tratan con una amistad fingida y una falsa cortesía, ambos subalternos responden con una devoción ciega sostenida estrictamente por el interés económico. Sin embargo, en este festín de corrupción la balanza está trágicamente desequilibrada: mientras que J_a recibe un lucro ilícito mucho mayor de parte de la jueza Bob —al punto de contar con vehículo propio para sus desplazamientos—, J_b recoge migajas miserables, arrastrándose como la más paupérrima del grupo de delincuentes intratribunal, obligada a pagar pasaje en transporte público y reducida a una maquinaria burocrática incansable que labora jornada tras jornada sin ver los frutos proporcionales a su sumisión, pagando con su propio desgaste el peso de una servidumbre tan lucrativa para los jefes como insignificante para quien la padece.

Canon

La ONU y la Comisión de Derechos Humanos (CDH) consagran el derecho inalienable de los intelectuales, escritores y ciudadanos a ejercer la crítica social —incluso a través de la ficción y la sátira literaria— como un instrumento legítimo de contraloría ciudadana para desnudar las corruptelas del poder. Como reza el clásico aforismo latino: Excusatio non petita, accusatio manifesta(quien se excusa sin habérselo pedido declara que es culpable). Bajo esta premisa, la presente narrativa destapa las cloacas de la arbitrariedad judicial en Torenza. ¿Usted lo cree?

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor universitario y broadcaster

crisantogleon@gmail.com

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