Doctor Crisanto Gregorio León
«La palabra de un hombre honrado vale más que cualquier documento firmado ante la ley, porque quien falta a su promesa destruye el cimiento mismo de la confianza humana.» — Séneca
La morosidad mal intencionada constituye una forma perversa de apropiación indebida que erosiona los vínculos sociales más elementales de la convivencia cotidiana.
Introito
Valorar la palabra de un hombre honrado o caer en manos del deudor esquivo y en la bancarrota de la palabra empeñada.
Crónica
Así, el individuo que contrae compromisos económicos y morales, mientras elude sistemáticamente su responsabilidad y adopta una postura de olímpica indiferencia frente a quienes depositaron su fe en su presunta honorabilidad, resulta ser un hombre pobre de alma, de espíritu y de prestigio; un verdadero pobre hombre.
Este individuo de negra alma transita por la vida acumulando deudas con Dios y con sus semejantes, reduciendo su prestigio a una moneda de nulo valor comercial y humano. «Enseña a los demás, con su comportamiento, a no creer en su palabra». Cuando alguien le otorga crédito o respaldo bajo la premisa de una lamentable y engañosa hidalguía, el prestatario inicial acepta con presteza, pero transforma el tiempo de devolución en un caminar de tortuga, en un laberinto de evasivas, demoras calculadas y promesas huecas que deshonran su propio apellido.
La dinámica del impago revela una estructura de manipulación calculada donde el deudor practica el arte del desgaste y el cansancio contra el acreedor legítimo. Cada abono se fracciona en proporciones burlonas por sus cantidades minúsculas, entregadas a cuentagotas con una lentitud exasperante que convierte la restitución en una afrenta deliberada hacia la paciencia ajena. El pago de la deuda se diluye y estira artificialmente en los meses y años, como una carretera sin fin que el viajante no le encuentra destino, desafiando cualquier lógica de reciprocidad y evidenciando una absoluta carencia de probidad ética. Como si quien le hubiese ayudado fuera su enemigo y no un buen hombre que le escuchó y le tendió la mano. Lejos de asumir su falta con hidalguía, el deudor recurre a la afrenta personal cuando se le interpela, exhibiendo una soberbia injustificada y enojándose por el reclamo legítimo de aquello que jamás debió retener más allá del plazo convenido. El deudor perverso se pone argumentativo y respondón, faltando el respeto a quien creyó en su palabra.

El repertorio de evasiones alcanza cotas de cinismo inaceptables cuando el moroso opta por la táctica de la desaparición temporal o el bloqueo sistemático de comunicaciones. El denominado «ghosting» financiero se convierte en su refugio cobarde. Y si acaso responde —por fastidio más que por respeto—, lo hace con prepotencia y jactancia, haciendo de la evasión su modus operandi mientras ignora llamadas y mensajes y conserva intacta una actitud cínica e irónica. Minimiza el agravio argumentando que la cifra adeudada es insignificante, utilizando frases despectivas acompañadas de risas burlonas para restar peso a su falta de palabra. No obstante, esa supuesta insignificancia económica nunca se traduce en el pago definitivo del saldo pendiente, dejando al descubierto una flagrante contradicción entre su discurso altanero y su trampa probada en el terreno de los hechos, mientras desestima la ofensa exclamando entre risas de sorna: «¡Pero eso no es ninguna cantidad alta, es una tontería!», dice el correoso deudor. Pero no termina de pagar esa tontería.
Existe en este comportamiento una astucia de naturaleza deliberada y perversa —creyendo que su actitud es una gracia que causa risa—, mientras desdeña —le resta importancia— por completo el daño que hace a quien creyó en su palabra. El individuo carece de empatía elemental ante el mal sabor de boca que experimenta la persona bondadosa que prestó su auxilio en un momento de apremio. La dignidad ajena importa poco o nada frente al beneficio transitorio del deudor al retener un dinero que no le pertenece, actuando con una doble moral indigna de cualquier miembro funcional de la sociedad. Se comporta como un homicida que se esconde. Exige rigurosidad, inmediatez y contundencia cuando se trata de solventar sus propias urgencias particulares, pero aplica la ley del embudo y la falacia del desvío al momento de cumplir con los compromisos financieros que voluntariamente contrajo bajo juramento de honor.
La justicia implacable del tiempo termina por cobrar de cualquier modo y de diversas maneras, con intereses no previstos y no deseados por el mala paga. Es la ley de las consecuencias imprevistas, de quien se las echa de astuto cuando otro lo ayudó creyendo solamente en su palabra; y esta quiebra moral que ninguna viveza personal logra encubrir indefinidamente le seguirá los pasos como una sombra. La insolvencia espiritual acompaña al deudor correoso a donde quiera que vaya, marchitando su imagen pública ante los testigos de sus reiteradas estafas de confianza. Ninguna astucia lo librará del repudio colectivo que cosechan quienes traicionan la palabra empeñada y convierten la mentira en su divisa habitual de intercambio. Al final del trayecto, el infractor queda completamente solo con sus demonios en su corrompida conciencia, comprendiendo demasiado tarde que la verdadera riqueza reside en la incolumidad de la palabra empeñada y en el respeto sano y limpio hacia quiénes le tendieron la mano.
«Quien adquiere una deuda y deliberadamente se niega a honrarla, empobrece su propia alma y siembra el desprecio que inevitablemente habrá de cosechar.» — Marco Aurelio
